El retorno (eterno) de la narrativa política

Allí donde entra la luz, donde hay un vacío de palabras, donde algo no se explica y deja lugar a la duda, hay espacio para la instalación de otra narrativa.

La narrativa es un instrumento fundamental de todo proyecto de poder. Organiza, ordena y da sentido a la realidad. Dice quién es el rival, cómo es y quién es uno mismo. Necesita datos, información y conocimiento para construirse.

En ningún otro momento de la historia argentina ha tenido tanta importancia la narrativa política como hoy. Leones por corderos, las Fuerzas del Cielo, El Jefe, El Loco, la Casta, El Mago, todo forma parte de una densa capa de historias, anécdotas y nombres que ordenan y dan sentido a la realidad. En la época de la guerra cultural, la narrativa política no es comunicación de gobierno, es el gobierno construyéndose, multiplicándose y organizándose.

Uno de los elementos fundamentales de la narrativa política es la semántica. Mandriles, kukas, empobrecedores, ensobrados, son palabras que cumplen la función de definir al rival. Una especie de “yo te digo lo que sos vos”. En un momento de hipersensibilidad, hastío y sentimientos negativos acumulados, son sumamente efectivas.

Una falta de respuesta original e inmediata, considerando que la velocidad es una variable fundamental en la comunicación de multiplataformas, genera que esos términos queden asociados a la persona (o colectivos) casi de forma indeleble, a tal punto que ninguna explicación racional puede modificarlo.

A pesar de que apelar a la oposición para definir qué es uno (si el rival es un mandril, entonces quien lo señala debe ser la representación del raciocinio y superioridad intelectual y moral), nombrarse es importante. La recurrencia al león como símbolo de fortaleza y rectitud, aunque también de destrucción, es central en la narrativa gubernamental.

Sin embargo, no es una idea nueva. Puede ser rastreada hasta el Antiguo y Nuevo Testamento (Apocalipsis 5:5 y 19:10, Isaías 53:7, Proverbios 28:15, entre otros). Lo novedoso, y también brillante desde la narrativa, es lo que genera cuando se lo incluye dentro de un mismo discurso junto con el término “Casta” (Una idea tan vieja como el 2001, en la versión “que se vayan todos”).

El resultado es el surgimiento de una narrativa de liderazgo mesiánico, con elementos místicos, en una sociedad (la argentina) que está habituada a esperar salvadores (San Martín, Mitre, Sarmiento, Rosas, Perón, los militares, Kirchner, Cristina, Milei).

Pero, ¿qué sucede cuando la realidad empieza a desviarse de la narrativa? o, mejor dicho, cuando la narrativa no alcanza para explicar la percepción de que la inflación persiste, los salarios están estancados o las inversiones no llegan. La consecuencia es una crisis de fe, un cuestionamiento a la figura del mesías, considerando que (esto es la característica más importante) él nunca miente ni falla en sus profecías.

Esas incongruencias, cracks entre la narrativa y la realidad, ofrecen oportunidades a la política (si es que logran identificarlas). Allí donde entra la luz, donde hay un vacío de palabras, donde algo no se explica y deja lugar a la duda, hay espacio para la instalación de otra narrativa.

Un nuevo discurso que, con sus conceptos, adjetivos, definiciones, mitos, venga a dar sentido a lo que (parece) ya no tenerlo. Porque, y esto es tan trágico como maravilloso, todos buscamos que la realidad tenga sentido. ¿Qué mejor recurso que buscar en la ficción?

La narrativa política no se construye en el vacío, necesita datos, información y conocimiento. Son los insumos que, en forma de indicadores, sirven de orientación para el armado de una historia. El eterno retorno del dilema de la política (qué quiere la gente), hoy en día (más que nunca) necesita de la pregunta: ¿Qué le digo a la gente? No para que me crea, sino para que crea.